Las revelaciones sobre el espionaje del gobierno norteamericano a comunicaciones gubernamentales, empresariales y particulares, que había hecho originalmente Julian Assange y que ahora son confirmadas por Edward Snowden -antiguo agente de la Agencia Nacional de Seguridad- nos colocan frente a una gran interrogante: ¿ Los avances tecnológicos que universalizan el acceso a la información, conducen a una democratización de las relaciones sociales o son el instrumento de nuevas formas de dominación ?
La inquisición sistemática a que ha sido sometida no sólo la población norteamericana sino la de incontables países del mundo, da cuenta de una violación generalizada de los derechos humanos, comenzando por la privacidad. La intervención de las comunicaciones por medios electrónicos es la respuesta por parte de la primera potencia mundial a la liberalización humana y a la capacidad organizativa de la sociedad que apuntó en la primavera árabe y en los movimientos de indignados. La esperanza de un proceso democrático contemporáneo como etapa avanzada de la globalización está en entredicho.
En agosto de 2007, durante un discurso pronunciado en campaña electoral, Barack Obama acusó al presidente Bush de “haber impulsado una falsa elección entre las libertades que apreciamos y la seguridad que ofrecemos”. El candidato prometió entonces, que de ser elegido presidente “no habrá más escuchas a ciudadanos norteamericanos ni más procedimientos de seguridad nacional para espiar a personas que no son sospechosas de haber cometido un crimen. No es eso lo que hace falta para derrotar al terrorismo”… (!)
El pasado 7 de junio, con la tormenta desatada de críticas por el espionaje a millones de ciudadanos, Obama decía en tono conciliador: “En un sentido abstracto puedes quejarte del Gran Hermano y de que éste sea un programa potencialmente fuera de control, pero se trata de modestas invasiones a la privacidad. Creo que hemos logrado un equilibro adecuado. No podemos tener una seguridad al cien por cien y una privacidad al cien por cien. Como sociedad vamos a tener que tomar decisiones.
Esta actitud optimista no es compartida por amplios sectores de opinión. Hace días circula por Internet un montaje en el que, sobre una imagen de la campaña electoral de Obama, se ha sustituido el famoso eslogan “Yes We can”, por el bastante menos épico “Yes We Scan”. Es un buen resumen del escándalo que ha disminuido la popularidad del mandatario norteamericano y ha permitido que nos enteremos de los pormenores de la vigilancia secreta de las telecomunicaciones. También de la evolución sufrida en el ejercicio del poder entre aquel Obama, que ofrecía una transparencia total, y el que hoy parece más cercano a la profecía orwelliana.
El escándalo va en aumento. Primero supimos que el gobierno norteamericano había estado interviniendo líneas telefónicas de periodistas, en particular de los de AP. Después Snowden delató el espionaje masivo de llamadas y datos de Internet, por las autoridades, y hace apenas unos días Facebook y Microsoft han hecho saber que el Ejecutivo les pidió datos de 19,000 y 32,000 usuarios respectivamente. Diarios de prestigio han hecho saber que la NSA tomaba registros diarios de millones de usuarios de la operadora de telefonía Verizon, en virtud de una orden judicial secreta. Además el ‘PRISM’ (programa de espionaje de llamadas y correos), permite acceder a los servidores de nueve (9) de las mayores empresas de Internet, para vigilar mensajes, videos o fotos en el extranjero.
Las autoridades nacionales de inteligencia aseguran que este último programa no se aplica a ciudadanos norteamericanos, pero muchos medios informativos lo ponen en duda. Surge en dado caso el tema de las relaciones internacionales y de los vínculos políticos con los países aliados. A ello se debe la reacción de la Unión Europea, y en particular de Alemania, que han exigido a los Estados Unidos un compromiso claro con los “derechos de los europeos”.
Podría argumentarse que ‘en todos los tiempos ha existido el espionaje’, pero nadie podría asegurar que en cualquier época haya tenido la penetración y haya afectado a los ciudadanos en la extensión e intensidad que hoy permite la revolución tecnológica al servici

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